Esta es una historia que llega al corazón porque toca la fibra más sensible de una madre: el contraste entre el héroe que sirve a la nación y el niño que nunca dejó de ser para ella.
Socorro Villegas, es una madre malvinera, tuvo a su único hijo, José Agustín Villegas, a los 15 años, tomó la decisión de ingresar a la Armada Argentina.
El niño de las licencias Socorro lo recuerda con una nitidez que estremece. Agustín, a pesar de su formación militar y de su vocación de acero, seguía siendo su pequeño. Al llegar a casa, el ritual era siempre el mismo: él le pedía acostarse en su cama, acurrucarse junto a ella. Eran momentos de silencio y ternura, donde el soldado descansaba y solo quedaba el hijo.
Socorro habla hoy con la autoridad que da el dolor, pero también con la dignidad de quien comprende el peso de la palabra “entrega”.
“Yo sufrí mucho por el, entregué mi hijo a la Patria. Yo no lo veo, él quedó en las aguas”, dice con una voz que parece viajar hasta el Atlántico Sur.
Para una madre, entregar un hijo a la Patria no es un concepto abstracto de los libros de historia; es un acto cotidiano de ausencia, es aceptar que ese niño que se acurrucaba en sus brazos ahora le pertenece a la memoria colectiva de todo un país.



